Este texto lo publiqué originalmente en la plataforma Substack. Por allá me la paso divagando con más intensidad. Traigo dicha reflexión a este lugar porque creo que es necesario discutir ese fenómeno tan de ahora como lo es el de la mercantilización de todo espacio cultural. Entiendo que quienes nos vinculamos con ahínco en estos espacios esperamos apoyo o retribución, pero también creo que imponer costos y tarifas por cosas que parecen relacionadas con lo cultural pero que en el fondo no es más que fetichizaciones de objetos y de discursos es cuando me parece un exceso. Sin más que agregar, los dejo con el texto completo.
Este fin de semana, sin salir del apartamento en el que vivo, próximo a los cerros orientales de la fría y lluviosa Bogotá (no esa de los años 50, es la del cambio climático) estaba scrolleando por Instagram cuando me compartieron un reel que más o menos hablaba o se refería al club de lectura de Dua Lipa. Escuché su capítulo con Patti Smith y la charla que tuvo con Margaret Atwood. Me parecieron conversaciones tranquilas, de una lectora que admira el trabajo de la escritora y que tiene sus opiniones sobre algún libro, como todos. Claro, la diferencia es que es Dua Lipa. ¿Por qué eso es diferente? Porque, volviendo al reel, afirmaba que lo que ella y otros famosos hacen con la literatura es “gentrificarla”. La razón es que, de fondo sin mucho fondo, hacen de los libros unos objetos de colección por su diseño y por las ediciones especiales que hacen (y por su alto costo asociado).
En principio dije: normal. El libro como objeto no es nuevo para estas latitudes. La editorial Tragaluz de Medellín (que al día de hoy ha cerrado porque el mercado la terminó aplastando) se dedicaba a hacer del libro un objeto apreciable también como objeto. Una mezcla de pieza artística con intervención escrita o incluso gráfica. Yo pienso al día de hoy que eso mismo la condenó en el mercado editorial local.
Pero el caso que señala la cuenta de Instagram no es ese. Es el que, precisamente, viene asociado con el enorme florecimiento de los clubes de lectura o círculos de lectura o como usted le quiera llamar. Que además de ser el libro ya de por sí un objeto costoso y por el cual se está solicitando que usted reconozca económicamente por ello y, además, por participar del espacio, obtendrá “beneficios extra”. Estos beneficios empezaron por pagar la bebida, la comida o el postre en el lugar en el que se lleva a cabo el club de lectura, hasta (presten atención) “retiros de lectura”. De locos.
¿Por qué divago hoy sobre este tema? Porque en 2019 y ante la necesidad de leer por obligación ya que casi había dejado de leer y porque quería compartir la opinión de otras personas sobre la lectura, convoqué a exestudiantes de los talleres de escritura creativa que llevaba realizando desde 2013. Esa convocatoria tuvo apoyo de una participante que tenía en su casa una terraza hermosa y con vista a los cerros sur orientales y allí fuimos a reunirnos. Leímos muchos cuentos. Leímos la “Modesta proposición”, de Swift. Leímos y disfrutamos mucho.
Para 2020 les había propuesto una empresa titánica. Íbamos a hacer cinco sesiones para discutir los cinco capítulos de 2666 de Bolaño, e incluso ya nos habían asignado un espacio en la biblioteca pública de la localidad donde estábamos ubicados. El único problema: era marzo de 2020.
La pandemia no llevaba un mes y yo colapsé emocionalmente. Dos meses después estaría enfermo producto del virus de Covid. Pero en abril de 2020 y ante mi desespero por el encierro, hice una convocatoria en mis redes sociales y les dije: “leamos Un Mundo Feliz, porque estamos viviendo una distopía”. Y la convocatoria fue exitosa y nos reuníamos una vez a la semana y leímos ciencia ficción como si fuéramos a vivir el resto de nuestros días en estado de aislamiento. Y dos años después retomamos las actividades presenciales y un año después estábamos como sin nada hubiera pasado. Excepto por las secuelas. Y yo insistí en mantener el club virtual, en continuar leyendo más ciencia ficción. E invité a Rodrigo Bastidas para que nos hablara de la ciencia ficción latinoamericana y colombiana, y a Juan Carlos Barragán y a Karen Reyes, y leímos y leímos… Y nunca se me ocurrió cobrar.
Abrí un espacio para recibir donaciones voluntarias. Me daba vergüenza. No sabía por qué me darían dinero. Qué podía justificar yo por ello. El club de lectura jamás ha sido un seminario de autor o de una obra analizada de mi parte, no es una lección literaria sobre lo leído, no es un espacio de demostración de mi erudición. No. Es un espacio de lectura horizontal. Pensé en crear merchandising del club ya que le había creado una imagen. Pero soy pésimo diseñando y nunca he tenido espíritu de montar una empresa. Para este punto las bibliotecas públicas de la ciudad ya tenían incorporadas el modelo de club de lectura. Ya no requerían de mis servicios. Hay algunas personas que me aportan porque me han acompañado bastante tiempo. Yo les retribuyo con ediciones de los encuentros grabados. Y sigo haciendo lo que me siguió motivando del espacio: democratizar la lectura. Porque yo no vendo libros. Yo los redistribuyo en digital. A los asistentes les digo: si lo quieren comprar acá tienen enlaces donde los venden. Enlaces de librerías. Pero yo no vendo libros de lujo, no vendo experiencias en la naturaleza, no traigo meditación Zen, no añado un bolso Dior. Además, estoy a un millón de vidas de ser Dua Lipa.


2 comentarios:
Una forma loable de seguir con ese, siempre anhelado intento de que la lectura llegue a los más y a tod@s. Tu conducción es admirable, además de notarse que hay investigación profunda en la elección de autores y textos, como siempre, y, ahora, en el espacio de poesía, que además de ser novedoso, se torna valioso por las disquisiciones compartidas para ampliar el horizonte de la comprensión y hallar su plenitud de valor. Por todo esto creo que sí es necesario el reconocimiento económico a tu labor, no disfrazada ni fetichista. Claro, a la medida en que cada un@ de nosotr@s lo pueda hacer. Finalmente aprovecho para darte infinitas gracias públicamente, que en mi opinión, es lo mínimo que te puedes merecer Diego.
¡Muchas gracias por tu comentario! Y muy agradecido por tu apoyo para mí y este espacio. Algunas veces las personas que participan de estos espacios no imaginan la labor de selección, de gestión y de organización para que los encuentros sean amables, amenos y muy provechosos en esta labor de leer por el gusto y placer de disfrutar lo que leemos. Descubrir que un club de poesía es viable me anima a seguir explorando ese género que me parece marginal en los otros clubes de lectura. Y considero fundamental aportar a la poesía como género en estas aproximaciones que realizamos. Hoy espero hablar un poco del encuentro que tuvimos de Roberto Juarroz.
¡Siempre agradecido!
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